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En mi cabeza, se iba a notar por fuera. Yo creía que de alguna manera, la gente se iba a dar cuenta. Sentía que cuando se te moría una abuela, había algo así como un distintivo especial y una especie de Grupo de Gente Sin Abuela que te recibía. No sé si con globos y gorritos, pero sí que había al menos una sonrisita tímida como diciendo «eu, yo también«.

Puede que sea obvio, pero yo esa tarde de agosto, una en el que el calendario marcaba exactamente una fecha igual a la de hoy, tuve que irme de la facultad apurada para tratar de llegar rápido y entre el frenesí me acuerdo que me miré en el reflejo de una vidriera, creo que era de un kiosco, y pensé: «estoy igual. Me siento igual«. Si me miraba al espejo en ese momento y solo me concentraba en lo que veía, se hubiera sentido como si nada hubiera cambiado en absoluto. Todo era exactamente igual que hace quince minutos, cuando no sabía que ya no tenía abuela. Y de hecho, creo haber sentido algo de culpa, por no notar el cambio y tener la sensación de que estaba todo normal.

Si me pongo a pensar, dos años es poquísimo tiempo: si tengo una vida dentro de los parámetros normales, serán más los años de mi vida que tenga sin abuela que, efectivamente, los que pasamos juntas.

Pero en dos años también pasaron muchísimas cosas y lo que fui aprendiendo, medio a los cachetazos y puntadas en el pecho, es que es ahí, cuando pasan cosas cotidianas y no podés levantar el teléfono para contarle, que se nota su ausencia. No es ni un cartel en la frente, ni un carnet al Grupo de Gente Sin Abuela: es la desazón absoluta de saber que todo lo que fue, fue. Y todo lo que no llego a ser, jamás va a suceder. Y que entonces, esa sensación de que nada cambió es la que me ayuda a que pasen los días, las semanas y meses y ya dos años, y no duela tanto.

También en estos dos años aprendí que en realidad sí hay un Grupo de Gente Sin Abuela: pero no tiene gorritos, ni globos, ni sonrisitas tímidas como diciendo «eu, yo también«. Sino que somos un montón de gente -grandes y chicos- que son lo suficientemente fuertes como para no acordarse y tenerlo presente los 7 días de la semana. Pero, a su vez, lo suficientemente débiles como para sucumbir ante un plato de milanesas con puré que es rico, pero no tan rico como el que hacía la abuela. O angustiarse por un cumpleaños que nunca se celebró porque a quién le vas a hacer una fiesta si ninguna cumpleañera va a soplar las velitas. O bajonearse por una simple cabecera de una mesa vacía. O lamentarse después de un sueño nítido en donde volvía. O ponerse triste porque te recibiste y ella no llegó a estar ahí para compartir ese momento con vos.

Y por último, aprendí que no hay nada más difícil que cerrar un texto sobre la muerte, porque nosotros los vivos solemos buscar respuestas esperanzadoras y finales felices que dejen un atisbo de ilusión: queremos creer que no todo es tan terrible, que mejora con el tiempo y que aprendes a vivir con el dolor. Incluso inventamos frases como «¡no es la muerte de nadie!«. ¿Y cuando sí es la muerte de alguien qué?

A veces sí es la muerte de alguien, e incluso de alguien a quien querés muchísimo. Y no puedo garantizarte que con el tiempo todo se soluciona y que llegará un 29 de agosto en el que no duela, pero sí puedo asegurarte que con suerte, mañana ya no vas a tenerlo tan presente y quizás hasta dentro de un mes, no vuelvas a acordarte. Eso sí, tené cuidado de no cruzarte con ninguna milanesa con puré. Esas sí eh, esas sí que son wachas.

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