La venganza de las gordas

Si los cálculos no me fallan, este texto tiene la palabra «gorda» escrita un total de 37 veces, 38 con esta que acaba de pasar, y quizás cuando lo leas no te guste. La repetición de una palabra es incómoda de leer, tan incómoda como una pileta en frente tuyo a la que no te podes meter porque te da vergüenza sacarte el short.

Gorda. Sos gorda. Decilo, dale. Gor-da. Que las sílabas se asienten primero en tu garganta y después en tu lengua. Que te duela formar esa g. La g acentuada de desagrable, de gigante. Esa g deformada, como un culo lleno de pozos y dos tetas caídas. Gorda. Con una g fuerte, amiga de la jota imaginaria que se forma cuando decimos asco en voz alta. Decilo, pensalo. Asco. ¿O mejor ajco? ¿Viste que en la garganta se siente algo feo como en la g de gorda? Ni rellenita, ni grandota. Gorda. Con la d bruta que pretende ser suave pero termina escupiendo. Una d que se esconde de meterse a la pileta y oculta brazos flácidos en remeras manga larga. Una d que saborea postres pero también la decepción de estar en un probador y que la ropa que le prometieron que era en su talle, no le entre. Una d que sale disparada de la boca, porque sabe que ahí adentro nada es para ella.

Gorda. Ni gordita, ni voluminosa. Gorda. Gorda que desgasta el mismo pantalón hasta que se le rompe porque no encuentra otro. Gorda que tiene miedo de no entrar en un asiento de avión. Gorda que no come en McDonald’s porque sabe lo que todos van a pensar: con razón es gorda. Gorda petera, porque todos sabemos que las gordas hacen buenos petes. Gorda, gordita simpática que hace chistes de humor negro. Gorda. Gorda que se ríe con amigas hasta que le duele la panza. Gorda que se baña en agua bien caliente después de un día largo de trabajo. Gorda que aprueba parciales. Gorda que se recibe. Gorda enferma con las arterias tapadas. Gorda sana a la que todos los estudios médicos le dan bien. Gorda puta que tiene orgasmos. Gorda mentirosa que los finge. Gorda que enamora. Gorda que se enamora. Gorda que desea y es deseada. Gorda que al final del día, se mira al espejo.

Mirate a los ojos y no dejes de decirlo. Gorda. Gorda que escribe que ser gorda es más que una g que duele en la garganta y una d escupida, como descartada. Gorda que ya sabe que es gorda. Gorda que estuvo escondida durante mucho tiempo y ahora sólo quiere, por un rato, dejar de sentir que el mundo gira en torno a un talle de pantalón.

Gorda que ya está harta de sentir culpa por comer,

por tomar,

por solamente ser.

Porque hay una diferencia muy grande entre estar gorda y serlo. Está gorda (o gordo) aquella que lo vive como un estadío pasajero, como un momento temporario en su vida que se va a terminar una vez que la dieta haga efecto. Pero hay otras que lo fueron durante toda o gran parte de su vida, que a esta altura del partido ya sienten que la gordura es una parte constitutiva de quienes son y que ya están agotadas de querer modificar su cuerpo para agradarle a alguien. Que ya están cansadas de sentir que el objetivo de su vida es ser flacas. Que saben que no merecen más llorar en espejos con medidas hechas para otras chicas. Que miran a la cara al sistema que tan cruel fue con ellas y le dicen «no tengo por qué cambiar si yo no lo quiero y no estoy en falta por eso«.

En un mundo en el que los cuerpos no hegemónicos son tan hostigados al punto de odiarse a sí mismos, aceptar que una ES gorda en vez de estarlo, es un acto de rebeldía y valentía enorme. Tan enorme como las piernas que no entran en un pantalón.

Que nuestra venganza sea esa entonces. Celebrarnos flácidas, enormes y valientes.

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