Ya no hay más ideologías

No se olviden de Micaela.

Micaela sonríe ante la cámara. Sonríe como quién está orgulloso de defender sus ideales. Esos mismos que están plasmados en su remera.

Micaela sabe que ahí afuera es peligroso para chicas como ella. Es consciente de que hay una sociedad, una cultura y un Estado que alimentan a la fiera, pero igual no deja que eso la detenga.

Micaela decide, un día, salir a bailar. Una vez más en sus 21 años. Toma la decisión como antes había decidido ponerse un short o quizás una pollera. Qué importa. Se quiere divertir, nada más. Pero ella sabe, no es tonta. Qué ahí afuera pasan cosas. Las leyó en los diarios, compartió fotos en las redes, salió a marchar. Lo vivió en carne propia. Como cuando un hombre que podría ser su padre le gritó algo que trató de ignorar mientras volvía a su casa de la escuela. O cuando sentía la obligación de avisarle a sus papás: «Llegué bien«, porque sino no se quedaban tranquilos.  Conocía el miedo. Había leído sobre el miedo. Había vivido el miedo. Pero, a pesar de todo, Micaela decide ir a bailar.

Y Micaela no vuelve. Y no aparece. Y tampoco su: «Llegué bien, ma«. Y Micaela dónde estás. Tus papás te están buscando. Tus amigos también. Los diarios hablan de vos. Los noticieros enfocan a tu familia. Y de repente te busca todo el país, Micaela, dónde te metiste.

Dónde te metieron.

Y los opinólogos que la apuntan con el dedo. Que qué hacía tan tarde sola. Que si a vos te parece que una chica se vista así cuando todos sabemos las cosas que pueden llegar a pasar. Y mientras tanto, una sandalia que aparece. Pero vos no, Micaela. Y tu mamá que dice que te tragó la tierra. Y a dónde te fuiste.

A dónde te llevaron.

Y el miedo que crece porque no hay noticias. Y se hace imposible no pensar en Candela. En Melina. En Ángeles. En Lucía. Porque el miedo existe, Micaela lo sabe. Pero, aún así, siempre está la esperanza de que, quizás, esta vez va a ser distinto. A lo mejor, no pasa nada y ese hombre que aparece en las noticias como sospechoso no esté ni involucrado.

Y de la nada, ahí está Micaela. Ella. Que luchó por los derechos de todas hoy es una menos.

Y entonces no queda mucho por decir más que dejar en claro que no identificarse como feminista, en esta coyuntura, es estar del lado del opresor, del violador, del asesino y del juez que libera culpables. Así de simple.

No identificarse como feminista ya no es más una cuestión de ideologías. Es entender que todo aquel que se opone al feminismo, se está oponiendo a un derecho humano. Nada más que eso.

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