Lo que mi abuela me enseñó

​De abuelas que luchan y marchan.

A los seis años me enteré y ahí entendí por qué marchaba. Supe que a papá le habían puesto un arma en la cabeza mientras dormía cuando tenía apenas 8 años. Sólo dos más que yo en ese momento.
Sin embargo, a esa edad yo no sabía muy bien quiénes eran. Ellos. Los militares. A veces me daba miedo hasta mencionarlos en voz alta. Como si su gatillo, apoyado contra mi nuca, fuera a despertarme de mis sueños por haber pronunciado esa palabra: «militares».

Ese mismo año, mi abuela nos sentó a mí y a mi hermana en la mesa de la cocina de mi casa de La Boca y nos contó todo. Nos habló del silencio y de las fotos destruidas. De los abrazos que nunca fueron, de las corridas y las balas. De las mentiras que usaban para salvarse. De los amigos que desaparecieron. De los 30 mil. De las Madres y Abuelas. De la censura. De los Campos. De los que tuvieron que irse para poder vivir y de los que nunca volvieron. Y ahí entendí por qué mi abuela recortaba, religiosamente, todos los días las fotos de desaparecidos, que aparecían en el diario Página/12, junto con los mensajes que dejaban sus familiares.

Creo fuertemente que en ese acto tan íntimo de relatarnos aquellos sucesos, mi abuela hizo lo que tenía que hacer: tener memoria. Para impedir que crímenes de tal magnitud vuelvan a ser cometidos en nuestro país. Para que aquellos que dieron la vida por la causa, no se hayan ido en vano. Para que sepamos de dónde venimos. Mi hermana y yo. Pero también, todas las generaciones nacidas en democracia. Y esa, fue la mejor clase de Historia que tuve en mi vida.
Hoy, a sus 83 años, mi abuela se sentó en su silla y salió a la calle. Otra vez. Como cada 24. A gritar fuerte que Nunca Más y a darme la mejor lección de todas: Un pueblo con memoria, es democracia para siempre.

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