El pésimo negocio

Sentado desde el sillón de su casa, con una cerveza en una mano y el control remoto en la otra. Le grita a la tele, se indigna, twittea.  Dice que el partido es una mierda, que ese tipo que lleva el diez en la espalda no tiene personalidad, que es un pechofrio, que vamos a terminar perdiendo, como siempre. Su vaso va bajando con la misma velocidad que su ira aumenta. Se enoja pero igual, ojo, dice que no le importa. ¿Cómo podría importarle si esta la Selección no lo representa? Afirma que nunca podría querer que gane un equipo con tipos que no cantan el himno, que los partidos anteriores los ganaron porque los rivales eran malísimos.

Así sigue, no solo durante los 90 minutos iniciales, sino que durante el alargue también. Y hace pronósticos. Y cuando el fracaso llega, él se llena por dentro. Porque este hombrecito  y su mediocridad tuvieron razón. “Yo ya gané”, piensa. Porque su triunfo fue haberse desvinculado de esa derrota, incluso cuando la celeste y blanca lo atraviesa de arriba abajo. Porque es fácil, ¿no? Mirar para otro lado y decir «a mi no me importa» que aceptar el fracaso, y lidiar con el fastidio y el dolor que provoca. O sacarse el asunto de encima diciendo «los que perdieron son los jugadores«. Qué simple sería todo si sacarnos la derrota de encima fuese tan fácil como trasladar las culpas y cambiar el sujeto de la acción. Pasar de un «perdimos» en primera persona del plural a un «perdieron«. Ellos. Allá. Yo no. Perdió Messi que arruga en las finales. Higuaín que no sabe definir. Di Maria que se rompe en los partidos claves. Mascherano que es un vendehumo. Agüero que no juega como en el City. Martino que no sabe plantear el partido. Y la lista sigue.

Pero ahí, en la vereda de enfrente hay unos locos que siguen apostando a ese Diez. Que no se quedan en la tibieza de apoyar al ganador y aborrecer al perdedor cuando les conviene. Unos desquiciados que se permiten disfrutar de goles a Panamá y a Bolivia, porque si, porque son lindos goles, porque mirá la calidad con la que le pega. Y no les importa lo inexistentes que puedan llegar a ser los rivales. Unos fanáticos que dejan el celular de lado y en cada tiro libre y córner se unen a la barrera para cabecear ellos también, y hacer que la pelota haga bailar la red. Porque las victorias de esos 11 se sienten como alegrías propias, y las derrotas dejan un sabor amargo que no se quiere ir, incluso con el correr de los días. Porque cuando se pierde, lo sienten adentro y cuando dan vueltas en la cama piensan «perdimos«. Pero cuando se gana, caminan por las calles con el pecho inflado de orgullo y sonríen al pensar que «ganamos«.

Y mientras unos se descargan en Twitter diciendo “QUE NO VUELVAN” otros se quedan mirando la televisión, buscando respuestas, tratando de entender por qué. “De no creer”, piensan. Desolados. Con un sentimiento que es familiar, no porque hace tres años que la chica más linda sigue eligiendo a otro, sino porque va más allá. Mucho más allá.

No quiero caer en comparaciones horribles pero a veces siento que nos duele tanto ver a Messi llorando en el banco de suplentes porque es lo mismo que sentimos cuando corremos un colectivo una cuadra y el forro del chófer no nos quiere abrir. O cuando nos rompemos el culo para un parcial y no aprobamos. ¿Pero no ves todo lo que hice? Dale, qué te cuesta.  Abrime. Aprobame. Mira todo lo que corrí, los pases efectivos, las gambetas, las veces que esquivé a los rivales, la posesión, los tiros al arco. ¿Qué más tengo que hacer? Me animo a decir que esa empatía por Messi se debe, en parte, a que todos sentimos en carne propia alguna vez la impotencia al no recibir lo que consideramos justo.

Uno de mis escritores favoritos, Sacheri, decía que tal vez nos preguntemos si no es más grande la tristeza que nos gobierna cuando perdemos que la alegría que nos asalta cuando ganamos. Y que si eso es cierto, estamos haciendo un pésimo negocio. “Con nuestros clubes, con el fútbol, con nuestras vidas”.

Creo fuertemente que el pésimo negocio es el que hace aquel que se queda sentado en su sillón, apuntando con el dedo y creyendo que se las sabe todas. El pésimo (y triste) balance es no permitirse festejar un gol diciendo “a ese equipo, mínimo, tenemos que hacerle cuatro”.  Y bueno, capaz que terminé cayendo en una comparación horrible y todo esto no es más que producto de la desolación que es volver a perder. Pero si me das a elegir, yo me quedo de este lado. Porque como dice la frase minitah por excelencia: “El odio es para flojitos. La gente fuerte ama, ama un montón».

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Tengo miedo de que el miedo, te eche un pulso y pueda mas. No te rindas, no te sientes a esperar.

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