La sucursal de la felicidad

Un día plantaste un árbol frente al río. Pero antes de eso, te vi caminar mis calles rotas mientras pateabas tapitas de Coca. Te vi aprendiendo a andar en bici en parques que ahora son edificios. Vi cómo te ponías un guardapolvo blanco que te llegaba a las rodillas y le pedias a tu papá que te haga dos colitas. También te vi paseando tu perro y taparte la nariz cuando llegabas al río porque había olor a “achuelo”. Te vi conocer gente que vivía en conventillos y que eso te parezca normal ¿Por qué no iba a serlo?

Estuve ahí cuando en la colonia cuando te dividieron a vos y a tus compañeros en grupos de juego: Azul o Amarillo. Cuando las únicas malas palabras que te dejaban decir eran en una tribuna de cemento, pero como vos no llegabas a ver nada, te sentabas y jugabas con tus juguetes. “Avísenme si hay gol”, decías y seguías en la tuya. Te vi sorprenderte cuando una amiga te confesó que era de River “¿Qué hace acá?”, pensaste. Te vi vivir la vida color Boca.

Pero un día también te vi mudarte lejos e irte. Tus papás se separaron, terminaste la primaria, y el volver a verme sólo te recordaba a esa vida azul y oro que habías dejado atrás y que nunca ibas a volver a tener.

A la distancia, supe que empezaste a esquivar las tapitas de Coca al caminar por otras calles, y que dejaste de andar en bici para tomarte colectivos. Me enteré que cambiaste el guardapolvo blanco por un uniforme bordó, y las dos colitas por el pelo suelto y lacio. Supe que regalaste a tu perro y adoptaste un gato.  Me llegó la noticia que, eventualmente, aprendiste a decir “Riachuelo” correctamente y que descubriste que lo normal era, en realidad, vivir en edificios y torres altas. Que toda esa gente que te rodeaba ahora, miraba de reojo y cruzaba de calle cuando veía a pibes con gorrita. Que toda esa gente, te arrastró, finalmente hacia su vereda.

No estuve ahí cuando le dijiste a tu mamá que no querías más tu carnet, que ya no era necesario porque acá no ibas a volver. Supe que dijiste muchas malas palabras un montón de veces, pero que todas esas ocasiones fueron en otros lugares distintos, fuera de las tribunas de cemento. Al no verte más por acá, supuse que los partidos los veías en la tele y que, entonces, dejaste los juguetes. Un día me enteré que te pusiste de novia con alguien de River y que no te dejaba decirle a su papá que eras de Boca. “Está bien”, pensaste. Fue así, que supe que estabas viviendo la vida en otros colores.

Pero un día habías plantado un árbol y cuando te sentiste sola y perdida, te acordaste. Lo buscaste en el Google Maps y lo viste: al árbol, al río, a los guardapolvos blancos y al puente.

capture-20160608-151739

Entonces un domingo decidiste volver.

Volviste a mis calles rotas, a mis conventillos sin puertas y a mis paredes pintadas. Cambiaste la tele por tu carnet, y a ese novio por la tribuna de cemento. Te llenaste los ojos de Boca, y los pulmones de azul y amarillo. “Mi buen amigo”, cantaste.

Hoy tus papás siguen sin estar juntos y vos ya estás en la universidad, pero al menos ya no estás sola y perdida. Porque ese domingo de verano cumpliste la promesa del árbol y volviste. Viniste en busca de vos misma y no solo lograste encontrarte, sino que entendiste que el barrio es algo así como una sucursal de la felicidad de uno y que siempre, pero siempre, espera.

«Tal vez todo hincha –cualquiera sea su color de bandera– vaya a la cancha para buscarse, para buscar a quién era cuando pisó el cemento por primera vez. Tal vez La Bombonera nos saque de la soledad, nos devuelva un rato a eso que perdimos, nos haga sentir menos miedo. O más vivos.»

2 comentarios en “La sucursal de la felicidad

  1. Te quiero mucho chiquita!me hiciste emocionar…que bueno q hayas podido tener las dos opticas van a ser un gran capital para tu vida.lo bueno siempre esta adelante.felicidades!

Deja un comentario