Esperame que ahí vuelvo

Sala de espera. Esperar. Como si lo que ocurre ahí dentro no fuese, en realidad, parte de la vida, sino algo así como un paréntesis entre dos momentos. Un intermedio entre estar en casa e ir al médico que implica apoyar el culo en una silla (con suerte sillón), bancarse algún que otro niño llorando, si sos afortunado una televisión y sino, no te queda otra que leer revistas viejísimas en donde capaz que el presidente era Onganía y Mirtha Legrand todavía era joven. Bueno, no sé si tanto, pero supongo que se entiende el punto.

Un ambiente que no está hecho para estar, sino para ser transitado, algo momentáneo, de un rato. Cuatro paredes en donde perdemos la noción del tiempo, las horas se hacen interminables, el calor humano lo convierten en algo insoportable y el doctor que llama a cualquiera menos a vos. «Espera ahí que te llaman por el apellido» te dijeron hace una hora y media. Y vos seguís esperando.

¿Pero qué pasa cuando la sala de espera es lo más cerca que podemos estar de un ser amado? ¿Qué pensar cuando los días pasan y pasan pero el alta médica nunca llega? ¿Siguen siendo meros lugares de tránsito o se transforman en algo más?  Por lo menos yo, que soy lo más impaciente del mundo y me aburro a los dos segundos de cualquier cosa, pienso que capaz después de todo sirvan para algo más que para esperar y leer revistas viejas.

Porque llega un punto en donde no se sabe bien qué es lo que se espera, sino terminar el día un poquito mejor que como se empezó. Porque cuando no hay nada para hacer, y tu corazón se queda atado a alguien que está en otra habitación, no queda otra que pensar y maquinar. Porque si bien es cierto que se sufre mucho, también se sacan muchas conclusiones. Ahí, en silencio, algo que no es poco en esta vorágine diaria. Porque son un parate, un momento de bajar mil revoluciones y reflexionar.

Porque nos hacen valorar lo que tenemos y por qué no, cuidarlo un poquito más. Pero también, sirven para mandarle un mensaje a alguien diciéndole que lo queremos, o pasarle el brazo al rededor del hombro al que tenes al lado, pura y exclusivamente porque sí, porque es lindo, porque nunca está de más. Porque son lugares en donde las palabras sobran y un abrazo vale más que cualquier frase armada. Porque nos abre la cabeza el saber que a la familia unida no hay con qué darle, que no estamos solos y que nunca es necesario sufrir en soledad porque estar acompañados es mucho mejor. Porque nos hacen entrar a casa y abrazar fuerte a mamá, a papá, al gato, a quien sea. Porque ahí adentro te podes comer crudo a vos mismo y perderte, pero como decía Cerati «sacar belleza de este caos es virtud«.

Y porque el nudo en la garganta que se siente cuando dejamos la clínica, viene siempre acompañado de una promesa: ser mejor, valorar más, quejarse menos, demostrar más amor. En mi caso mi promesa es volver. Volver a la mañana siguiente a esperar otra vez. Porque no es malo, porque ahí adentro se aprende, porque a veces los paréntesis no son malos, pero sobre todo porque te quiero, hermanita.

Así que acá te espero.

Un comentario en “Esperame que ahí vuelvo

  1. Permiso!!! me entrometí por aquí y no sólo me emocioné muchísimo al leerte, sino que además me conmueve ver a la mujer en que te convertiste. Sé con certeza que vas a ser una gran profesional y seguirás siempre cosechando los mejores éxitos en todos los ámbitos. Y no sigo porque siento que me convierto en una vieja melancólica, te quiero mucho Juli!!!

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