De lágrimas, mensajitos y taxistas

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Me subo al taxi y antes de todo hago lo de siempre: leer el nombre el chofer, por si me pasa algo. En realidad no tiene mucho sentido hacerlo, porque primero nunca me paso nada y segundo, porque me lo olvido enseguida. Pero hay algo que, ahí en ese auto, en ese instante, me hace pensar.

Pienso en  que quiero hablarte. Pienso en el cómo, en el cuándo, en el por qué. Pienso en que quizás, en una de esas casualidades de la vida, vos y tu grupo de amigos deciden ir al mismo boliche que mis amigas y yo, y eso me solucionaría tanto, tanto las cosas. Pero como sé que no va a pasar, porque las casualidades de la vida no existen, no me queda otra que mandarte un mensaje de WhatsApp a eso de las 3 ¿o 4? Mejor 3 y media, a esa hora no es ni tan temprano para quedar como desesperada, ni tan tarde como para poder arreglar y vernos después. Y además, porque a esa hora puedo arreglar para que mis amigas se vayan sin mí. Pero después viene el por qué y eso es más complicado. No para mí, porque en realidad lo sé, lo tengo muy en claro: te mando un mensaje a eso de las 3 y media porque quiero verte. En realidad lo que me cuesta no es eso, sino en el motivo que te voy a dar a vos. La excusa. La pienso ahora, en este taxi, porque sé que más adelante voy a estar borracha y no quiero que esto falle. Nunca quise que esto falle.

El taxi para en un semáforo y nos imagino dándonos un beso rápido mientras la luz se pone verde. La escena dura poco porque el autito avanza. Avanza, pago y me voy. Y de repente se hacen las dos y después las tres, y cuando siento que ya estoy lo suficientemente ebria de vos, te mando un mensaje “¿Salís hoy?” Y al segundo me arrepiento, y me voy a la pista de baile, y apago el celular. Me falta el aire y de la nada, literalmente de un segundo para otro, lloro.

Hay algo que me pasa cada vez que tomo y lloro: no puedo parar. Las lágrimas salen y salen. Lloro como si te amara, aun siendo consciente que no te quiero ni un poco. Lloro por cómo me haces sentir, por todo lo que tengo que hacer para mandarte un mensaje. Porque me doy vergüenza y porque me doy bronca. Lloro de caprichosa, exagerada, porque no sé, porque soy una pendeja, vos mismo lo dijiste. Al final tenías razón, y por eso lloro.

Entonces me subo a un auto, llego a casa y prendo el celular. “¿Nos vemos?”, me pones. Lo pienso otra vez, como en el taxi, pero ahora con más ganas de bajonear y el maquillaje mucho más corrido. Ahora poco queda de esa versión de mi misma tan segura y  “me llevo el mundo por delante”. En su lugar hay un yo bastante modesto e insignificante. Ahora pienso en el dónde, en cuánto tardaría, en qué posibilidades hay de que mi mamá se enterase. Miro para la derecha y veo a mí a mi amiga a punto de dormirse.

¿Y viste cuando decís ya fue? Bueno así, tal cual. Ya está. El tren ya pasó y no me subí. Aunque en realidad, el que no se subió fuiste vos, porque yo hace rato que estoy arriba. Así que subo las escaleras, me saco los tacos, el maquillaje y entonces me doy cuenta que no importa qué tanto finja un encuentro espontáneo, no es así como te quiero. Ni como me quiero a mí tampoco.

Me rindo, me acuesto en mi cama (aquella que no llegaste a conocer) y me doy cuenta que tome lo que tome, vodka con jugo, o jugo con recuerdos, todo sigue igual. Cierro los ojos y se me aparece tu cara y tu cama, porque yo sí llegue a conocer la tuya. Los abro otra vez y mi amiga está tan ebria riéndose  que me hace tentar a mí. Y entonces me duermo sonriendo, con la certeza de que mañana todo esto me va a parecer una gran exageración, que la estoy flasheando, que no somos nada, que apenas nos vimos un par de veces y que quizás la culpa de todo la tenga el taxista que me hizo pensar en el mensajito de las lagrimas, porque por una de esas casualidades de la vida, se llamaba igual a vos.

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