Expectativas

https://youtu.be/IO-8rlB7g14

Lo veo jugando tan ajeno a lo que pasa a su alrededor. Más concentrado en sus carreras de autitos de plástico que en la salud de su hermana. Metido en sus propios pensamientos en donde lo más trágico es una pila agotada o una rueda rota. Tan ensimismado en su realidad y en su inocencia. Juan Martín no piensa en la vez que se abrió la pera bajando la escalera, ni en el hecho de que sus papás no están en casa hace rato ya. No rompe en llanto pensando en cosas que ya no puede cambiar, ni mucho menos se estresa por sus planes a futuro. No tiene expectativas en lo que va a pasar mañana, siquiera sabe lo que va a hacer en un rato. Y acá está, en su mundito de jueguetes de McDonald’s, autitos de Cars, vasos de plástico y una tele que siempre se mueve en los mismos canales de dibujitos. Un mundito que resiste dentro de otro mucho más oscuro, complicado y doloroso. Él vive en su burbuja, en donde nada lo lastima. Así, que se quede así.

Durkheim era un sociólogo que decía que cuando educamos a los niños sale a la vista un continuo esfuerzo por imponerles determinadas formas de ver, sentir y de actuar frente al mundo. Los obligamos a comer, a vestirse, a pararse de acuerdo a nuestras expectativas. Los coaccionamos para que estén tranquilos, para que no digan malas palabras, para que sean pulcros. Les imponemos hábitos y les asignamos roles. Les decimos qué cosas sí y qué cosas no. Cómo ser, qué pensar, cómo mostrarse, cuándo callar. Nos esforzamos incansablemente en meterlos dentro de una cajita y cortarles las alas. En pincharles la burbujita.

Capaz si dejáramos, por un segundo, de impartirles conocimientos cual maestras de primer grado amenazando con insuficientes en el boletín, nos daríamos cuenta que ellos tienen mucho más que ofrecernos a nosotros. Que de vez en cuando bajar la guardia y abrir la tapa no nos va a dañar, sino todo lo contrario.

Ya está, la caja ya te aprisionó, estás dentro. Lo quieras o no, te resistas a ella o no, te des por vencido o no. Si estás leyendo esto, lamento comunicarte que somos vecinos de caja. Así que relaja, ahora relaja al igual que Juan Martín ahora, que está acostado en el sillón mirando la tele.

Me parece algo normal que como adultos vivamos teniendo expectativas de todo tipo: en nosotros mismos, en nuestras carreras universitarias, en nuestras relaciones amorosas y amistades, en nuestros planes de fin de semana, en el partido de fútbol del domingo. Ojo, no me parece mal tenerlas, de hecho hasta creo que son necesarias. Pero hay algo que no me termina de cerrar y es eso que pasa cuando nuestros planes fracasan, y toda la energía y esperanza que habíamos puesto quedan reducidas a nada. A cero. Y capaz que ahí nos diferenciamos de Juancito. Porque él muy probablemente se olvide a los dos segundos y busque otra cosa que lo haga feliz. Y nosotros no. Nosotros nos obsesionamos con el juguetito, incluso sabiendo que ya está, que ya fue, que ya lo perdimos. Maquinamos, pensamos de más, exageramos, damos vueltas sobre hipotéticos, nos hacemos la cabeza. Llenamos nuestras mentes de pensamientos oscuros y retorcidos que no hacen más que daño. Es acá, en los momentos más difíciles, en donde en vez de buscar paz, nos volcamos a estas costumbres tan tortuosas y auto-destructivas. ¿Qué tiene que ver Juan con todo esto?

En 2012, antes de que él nazca, yo pensaba que no lo iba a querer tanto. Me bastó verlo en su cuna, que me agarrase el pulgar con sus manos, que un nudo en la garganta me impidiera hablar, para darme cuenta lo equivocada que estaba. Aún así, pensaba que era una excepción, que lo quise tanto porque era el primer hermano chiquito, porque encima era el único varón, porque era un nene especial.
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Cuando me enteré que iba a tener otra hermana no me entusiasmó demasiado la idea a decir verdad: ya había tenido otro hermano, hermana mujer ya tenía. La Julia del 31 de enero de 2015 a la noche pensaba que no la iba a querer. Y otra vez, me equivoqué. Por suerte. Me alcanzó con verla a través de un vidrio en los brazos de papá, con un gorrito blanco y dormida, para darme cuenta que amaba a esa nena. No importaba cuánto, si más o menos que a los otros. La amaba, y así iba a ser siempre. Luciana, tan chiquita, tan indefensa, tan mía.
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Hoy mi hermanita está atravesando un momento muy difícil, lidiando con cosas que yo no pasé en mi vida, que hasta a mí me darían miedo. Soportando dolores, tubos, sonidos extraños, agujas, remedios. Aguantando que los doctores vayan y vengan, mientras que los únicos que quieren ir, pero nunca volver se tiene que quedar afuera, en una sala de espera solemne y gris.

Así que a partir de acá, tres cosas.

A Luciana (siempre me pareció que su nombre se parece mucho a la palabra luz):

Te propongo algo. Que hoy, no importa bien hacia donde, volemos. Soñemos e imaginemos que nada de esto está pasando. Elegí que querés ser: podemos ser mariposas, pájaros, hasta delfines si querés. En realidad no importa lo que elijas sino lo que hagamos después. Vayamos lejos, recorramos lugares. Atravesemos estas paredes, llenemosnos los pulmones de aire fresco. Conozcamos gente nueva, probemos comidas raras, escuchemos música distinta. Dejemos este hospital y volemos. Seamos libres y felices. Seamos, no dejemos de ser.

A Juan Martín:
Que sigas en esa burbujita tan pura y tuya. Que nadie te saque tu luz propia y si algún dia la abandonas, que siempre puedas volver a encontrarla. A encontrarte.

Y a vos, que estás leyendo esto y sos de perderte en esas formas de actuar que te fueron impuestas, sé que es difícil salir de la caja y capaz no quieras, capaz te cueste: ojalá que mires al cielo y nos veas volando. A mi, a Luciana, a Juancito, a quien sea.

Todas mis expectativas, las de ayer, las de hoy y las de mañana están puestas en eso. Y creo que las de Durkheim también.

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